Oda al Diccionario.

Para cuando se encuentra una palabra intrusa en un enunciado (quiero decir, de difícil comprensión o cuyo significado desconozco), ¿quién es el adecuado?

Mi amigo, el Diccionario.

Para cuando ideas se quieren concretar, mejorar vislumbrar, la mejor ayuda es la mano aliada, la incondicional Me las sé todas, nadie me gana: Real Academia Española, mi más preciada.

Para la ampliación y comprensión del léxico que utilizo, les dejo claro mi oficio:

Diccionario, yo siempre, por encima de todos, te elijo.

Para cuando escribir se torna un quehacer, la palabra adecuada usar es mi deber, no lo dudo: El Diccionario, mi mejor amigo he de hacer.

Para salir de la inopia, sin réplica ni ninguna otra copia, sin reticencia yo escojo El Diccionario, mi cómplice, con el que nunca hay enojo.

Mas si se trata de un término en específico que una disciplina define, el diccionario, mi fiel amigo, qué triste; no me sirve para estos fines.

No obstante, seguirá siendo, sin importar quién lo use o de embrutecedor lo tilde; la mejor y más sublime Invención Del Mundo Terrestre.

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Tentativa de representación del dolor mensual.

Imagine que dentro de algún lugar de la parte inferior de su abdomen, unos pasteleros han estado, durante algún tiempo, agregando capas, o sea, capa por capa, una encima de otra, a un postre que, desde hace mucho tiempo atrás, han querido crear. Cuando tienen el tronco de capas del postre terminado, optan por detener la creación por un tiempo, entre muchas razones, para que las capas se adhieran una a otra, para que las capas sean anejas unas a otras, para que cada una sea inherente a la otra, para que formen una unidad cilíndrica sostenible. Les aconsejo que no cuestionen el procedimiento de mencionados pasteleros, pues, teniendo en cuenta a lo que se dedican, es menester, y únicamente, de ellos hacer preguntas relacionadas con su profesión y ejercicio.

Para comprender la acción ejecutada después de la interrupción de la creación, hay que tener presente el capricho que gobierna en las aspiraciones y acciones del ser humano creador. Como aquel a quien, por motivos fuera del marco racional, motivos puramente pasionales, se le ocurre derrumbar lo hace algún tiempo hecho, solo por el vago y tenue, aunque justificado, presentimiento de que, ordenado de manera distinta lo organizado antes, los resultados podrían ser mejores a los esperados, y aún más, con respecto a los supuestos con el primer procedimiento llevado a cabo.

En este momento se preguntará el lector: pero, ¿de qué otra forma se podrían organizar una serie de círculos de harina, capas, para formar una especie de cilindro, o tronco de pastel? Ahí es cuando yo añado: Qué bien, mi lector. Significa que ha seguido con atención la narración. No solo por motivos de capricho del autor, también por la exigencia que hace la lógica de una narración, es que hubo de resaltar la siguiente característica: las capas son de distintos colores, sí, de varios colores. Hay en ellos, incluso, colores que ni el ser humano más experto en diseño o con predilección a definir lo inefable de los colores es capaz de definir.

Regresando al presentimiento que ha tenido o han tenido las almas creadoras, ahora quieren y creen que las capas quedarían mejor ubicadas: las de colores oscuros susceptibles de ser definidos en la parte inferior, agrupadas, por el color que las caracteriza, seguidas unas de otras: verdes oscuras primero, moradas oscuras después, etcétera. Y de esta misma manera, las de colores semioscuros o semiclaros susceptibles de ser definidos, en la parte posterior, que, proveniente de una persona que poco se precipita a agotar las posibilidades, podría ser también la parte precedente, luego, seguiríamos con los colores claros pertenecientes al mismo grupo, los susceptibles de ser definidos, en la parte superior, y dicha superioridad, solo superada por la ubicación de los colores inefables, con el mismo criterio para su orden, aunque solo por el que los colores inefables permiten reconocer, esto es: matices oscuros o claros. Al que poco crea de la inefabilidad de los colores que los pasteleros les atribuyen, le recuerdo que los que hacen semejante conjetura son personas expertas en su profesión, con muchos años de experiencia en definición de colores para ser utilizados en sus preparaciones pasteleras. Al que poco crea del excelso raciocinio que hubo en el planteamiento de este procedimiento, le recuerdo que a los pasteleros se les ocurrió más por pasteleros, que por racionalistas.

 

Deciden, entonces, volver a organizar de manera diferente, entiéndase, por favor, de manera diferente los colores de los discos, perdón, de los círculos, qué digo, de las capas, para lo cual, optan por quitar una por una, una a una, las capas hace tiempo puestas una sobre la otra. Se recomienda discreción en el juicio poco considerado que sobre el procedimiento planteado cada lector en este momento del relato hará: ineficaz dirán los unos, inútil dirán los otros, y demás calificativos que utiliza la gente para describir lo que, según la percepción de sus sentidos, determinado aspecto representa. Con esto último, dejando más que claro, como si de un axioma se tratara, que cada uno de los calificativos que se le atribuyen a un aspecto no son más que características ajenas a él, propias netamente de la percepción de sus observadores. Además, no hay que olvidar que los especialistas en pastelería son, desde luego, los pasteleros. Si por ahí se encuentra un pastelero leyendo esto, y encuentra el procedimiento irracional,  cabe resaltar que más que racionalistas, son pasteleros. O menos que racionalistas, son pasteleros. Acá no pretendo faltar al respeto o ubicar de manera jerárquica a unos y a otros, solo pretendo ampliar las posibilidades en que las cosas pueden ser dichas, o vistas. Más si por ahí se topa un pastelero racionalista con esto o me topo yo, esto, con un pastelero racionalista, hay que agregar que no admito o propongo que las dos disciplinas no se puedan combinar, de hecho, sería un disparate teniendo en cuenta la naturaleza de la pastelería, se trata, pues, de pasteleros pertenecientes además del oficio de la pastelería, a este relato. Son pasteleros particulares, con características que una narración demanda, no son comportamientos categóricos de los pasteleros, sino de los particulares comportamientos pasteleros presentes en este relato. Empiezan los pasteleros a retirar una a una las capas y en este momento es pertinente que se preste atención a la alegoría que del dolor se pretende hacer, motivo por el cual se quiso hacer la redacción, hablando de forma etiológica: el dolor como la causa de este escrito. Causa prima, causa, con seguridad, primera y, aunque de tal carácter, final, también, más que final, única. Cada retirada de capa frente a la otra que le precede, o sigue, según como se le quiera mirar o decir, teniendo presente que de lo que ellas se pretendía hacer, una unidad, se logró efectivamente, separar una de la otra u otras, requerirá esfuerzo. Tengan presente, regresando a lo que me concierne, que es, desde mi punto de vista, representar el dolor que la menstruación representa, la acción de retirarla por parte del, llamémosle, retirador, que sería la persona encargada o personas encargadas de quitar una a una las capas del ponqué, para ellas, no representa el más mínimo, minúsculo, diminuto, insignificante dolor. Mas para lo que está siendo arrancado,  o a quien le están arrancando, usurpando del lugar que previamente le fue asignado, más habiendo formado ya una unión con sus objetos cercanos, no cabe duda que sí habrá dolor. El dolor abdominal inferior, menstrual, es como aquella torre formada por capas de harina, huevos, mantequilla y azúcar, de la cual se van arrancando, como el arrancar a un árbol de miles de millones de años de sus raíces, capas pertenecientes a ella. Haciendo que el dolor sea presenciado como capas, aunque uterinas, que se arrancan de forma violenta del lugar de donde están adheridas, una especie de desgarramiento interno crónico, ininterrumpido, violento, indolente, insolente, desconsiderado para con la persona que lo está presenciando, su víctima. No obstante, pareciera que dicho dolor es la naturaleza misma del sexo femenino, que regresa una vez al mes para reiterar, por medio del dolor, lo inherente que es a nosotras, su perenne y concluyente, en situaciones donde no ha sido alterada por secundarios, Historia en la vida humana.

Mas si de lo pertinente que fue la narración inicial para describir el dolor al final, casi ajeno a toda la narración, se pretende hablar, les recuerdo la amplia, si no infinita, posibilidad en que la realidad, por medio del lenguaje, puede ser descrita. Asimismo, del capricho, mencionado en esta narración, que gobierna las aspiraciones humanas, aún más, las de aquellas almas que, así sea solo en su imaginación, se llaman a sí mismas creadoras.

Qué hacer, quehacer.

Toma un lapicero y una hoja de papel,

¿escribir? ¡ay, qué va! ¡No lo puedo creer!

¿Qué pretende con aquello ella hacer?

Realiza de sus pensamientos recientes un esbozo,

¡pero qué vergonzoso! No hay ninguno, ni uno solo,

cuyo referente no sea amoroso.

Parece que ha podido precisar una idea,

¡Entiendan, amigos! Para ella esto es una macro-odisea.

¡Ineludible faena! ¡Gran hazaña!

¿Está nerviosa? Es de esperar…

Como es ella, ¡esta actitud no tiene nada de extraña!

Mas la primera línea a ella no ha podido agradar,

ni tampoco la siguiente…

Pues cada vez que una idea se posa en su mente, y de manera inminente, su congruencia logra desvanecerse, estar ausente. ¡Qué consecuente!

De esta artista no esperen que la creatividad sea inmanente.

Después de miles de intentos, sujeta en sus manos de nuevo el papel,

lo mira a él con despreciable reticencia, ¡vaya sorpresa!

¡Amigos, esta mujer ha perdido la paciencia!

Rompe aquello que hace horas quiso crear,

la invención no es lo mío -se dice-

y una lágrima en su ojo derecho se puede atisbar.

No tengo nada de ideas -se reprocha-

segundos después, en silencio solloza.

Ella solo pretendía escribir.

Sí, por medio  del lapicero sus ideas en el papel imprimir.

No contaba con que el talento debe, naturalmente, existir.

El cual es, principalmente, de la frustración voluble del no saber qué escribir pueda el artista, en primer lugar, prescindir.

 

Pero nadie debe ir a ella con el cuento,

pues, amigos…

esto no es más que entre nosotros un invento.

Interés recíproco

Como aquel que se presenta con intenciones nada más sino de conversar, así se presentó él; así tuvo lugar, así inició esta cuestión particular.

Como aquellos que conocen la reciprocidad de causalidad, motivo por el cual frecuentar (quizá solo conversar), conscientes de que cada uno representaba para el otro una utilidad (poder una herida curar), deciden sus manos estrechar, sus mejillas una contra la otra frotar. Cualquiera que los hubiese visto, hubiese dicho: ¡Es evidente! ¡Ahí hay gran complicidad!

Como si a partir del primer encuentro hubiesen a un consenso específico podido llegar, ni el uno ni el otro ingente interés mostrará, pues sus intenciones son solo vacilar.

Como aquellos que solo tienen una conversación bastante convencional, sin nada de interés que a ambos algo pueda generar, optan, pues, por poco tiempo juntos empezar a frecuentar.

Como aquellos que se obstinan y resignan ante la imposibilidad de poder, con la presencia de alguien más, a un desamor olvidar o querer una herida curar, deciden caminos diferentes tomar.

Así, pues, terminó; así tuvo lugar, esta efímera cuestión particular.

Mas de una despedida de estos dos sujetos en su último encuentro no se podría hablar, puesto que el uno para el otro no fue nada más que un intento falaz.

Aversión

Súbitamente, el recuerdo de sus besos irrumpió en el sosiego de mi mente. Como una gota de color que es vertida en un vaso de agua limpia, su recuerdo fue tiñendo de su esencia la tranquilidad de mi razón.

Recordé aquel fogoso intercambio de fluido bucal, mis manos acariciando su cuello; las suyas presionando mi cuerpo…

Sorpresa para mí, por sus besos siento hoy repulsión.

Como aquel que besa un bicho encargado de arrastrar bazofia, así, justo de esta forma, me sentí, me siento yo hoy.

¿Cómo pude haber besado a alguien por quien siento insondable aversión?

No seas tonta, me dije, fue después del beso que de ti el odio se apoderó.

¡Hasta aquí! ¡Hasta hoy! ¡Nunca más! Su repugnante recuerdo provee desviación a mi razón.

Adiós, adiós…

Miradas de complicidad

Lo encuentro aquí, lo encuentro allá, ¿cómo es que no puedo yo a él dejar de mirar?

Sorpresa para mí, nuestras miradas cruzar, ¡no puede ser! ¿Será casualidad?

Por mi parte, sí encuentro en él cierto interés… una cuestión particular.

Momento, ¿otorgo yo algo con tan solo mirar?

Ánimo, mujer: acérquese a hablar.

Pero… ¿Podría yo algo después de esto lograr?

… ¡Ay! Cuánto quisiera poder mi nerviosismo ocultar.

Como aquel que quiere por miedo a avanzar (quizá a errar), me conformo siquiera con poderle una mirada lanzar.

A mí de mediocre nadie me puede tildar, pues del que pretende solo mirar, sus intenciones profundas son algo encontrar.